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Recuerdo que de niño no había una voz que me diera tanta emoción como cuando mi papá decía “nos vamos de viaje”. Nada era comparable a la imaginación repleta de imágenes, de colores y de incertidumbre de “cómo será por allá”.
Daba igual si era al río o a Bucaramanga, que quedaba a tres horas de mi pueblo, San Vicente o al mar. Bueno, exagero, no daba igual. Entre más lejos se iba, más emocionante resultaba imaginar como sería lo que veríamos allí. Ir en carro por entre las montañas buscando el frío, o en un tren para adivinar a lo lejos el olor del mar, era una sensación incomparable. Supongo que no es nada nuevo esto que digo.
Todos en mayor o menor medida adoramos viajar, así esto signifique dejar nuestros sabores y espacios conocidos para cambiarlos por nuevos platos, horas de viaje, nuevos acentos y alguna que otra incomodidad. Adoramos viajar, recorrer caminos nuevos, caminar tierras diversas, aspirar otros aires, ver nuevos colores en las montañas o verlas desaparecer en el horizonte que se convierte en llanura.
No importa si está uno parado en un destino típico, siempre hay la oportunidad de hacerle un esguince al camino que dejan los turistas tradicionales, para encontrar el verdadero sabor de un pescado frito en una plaza de mercado en Leticia o del cabro asado en Capitanejo a orilla del camino o bañarse en una piscina en medio del desierto de La Tatacoa, en donde los meseros uniformados y etiquetados no existen, sino que es la dueña de la tienda o el señor del puesto el que lo atiende a uno, y le cuenta historias y pregunta por el lugar de donde venimos y termina hasta tomándose una cerveza con uno.
Lugares, por ejemplo, como Nuquí en el Chocó, un lugar cercano al paraíso terrenal que desafía nuestro concepto económico de vida; o la Sierra Nevada del Cocuy, entre Santander y Boyacá, un lugar de una belleza absoluta y sobrecogedora, de ríos naciendo y frailejones centenarios; o la península de La Guajira, de ríos helados que bajan de la Sierra, de horizonte amarillo sin montañas, vallenato, ron y viento seco como la lengua Wayuu y salirle al paso de un desfile de teatreros en Manizales o Bogotá.
Lo mejor es quedarse con el olor y temperaturas reales de un paisaje, con lo sabroso y anecdótico de un viaje por tierra y con pocos destinos bien vividos.
Las montañas de todo el eje cafetero, de figuras absurdas, como creadas por un niño de preescolar en plastilina, con sus gentes siempre amables, siempre dispuestas; o los pueblos de Santander bordeados de escarpados cañones, artesanía, deportes de aventura de todo nivel y de cocina exquisita.
Todos los climas, todos los paisajes, todos los sabores, todos los acentos, toda la música, todo en un solo país, nuestro país, dispuestos para que sepamos sin tanto lema publicitario de que podemos sentirnos orgullosos cuando decimos que somos colombianos.
Los llanos del Casanare o del Meta, de una tierra increíblemente plana y sin fin, orgullosa de su ancestro llanero, de su música y de su baile.

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